No me trago el humo porque provoca cáncer, pero me encuentro increíblemente atractivo con un cigarrillo, así que siempre procuro tener uno entre los dedos. ¿Te gusta mi aspecto?
Campesino. ¿Quién te crees que eres? Rey Arturo. Soy vuestro rey. Campesino. Yo no vote por usted. Rey Arturo. No se vota a los reyes. Campesino. ¿Cómo se convirtió en rey? Rey Arturo. La Dama del Lago, con su brazo cubierto del más puro tejido iridiscente, alzó Excalibur desde el seno de las aguas. Por deseo de la Divina Providencia yo, Arturo, había de portar la espada. Por eso soy vuestro rey. Campesino. Verá, extrañas mujeres que reparten espadas en estanques no son base para un gobierno. El poder supremo deriva de las masas, y no de extravagantes ritos acuáticos. Rey Arturo. Ya basta. Campesino. No pretenderá ostentar el poder supremo porque esa tía le dio una espada. Rey Arturo. ¡Calla! Campesino. Si yo dijera que soy emperador porque una buscona remojada me dio una cimitarra me encerrarían. Rey Arturo.(Se acerca al campesino y lo zarandea) ¡Calla de una vez! Campesino. La violencia inherente al sistema. Rey Arturo. ¡Cierra el pico! Campesino. Ved la violencia del sistema. ¡Socorro, estoy siendo reprimido! Rey Arturo. ¡Maldito campesino! Campesino. ¡Vaya desliz! (El rey lo suelta) ¿Lo habéis oído? A esto me refiero. ¿Lo habéis visto? Lo que os estaba diciendo.
«Que su impulso consistiera, sin embargo, en ponerse en pie de un brinco y contestar el teléfono –que pudiera traicionar tan a la ligera todo un día de arduo desperdiciar el tiempo– ponía muy en tela de juicio la autenticidad de sus padecimientos. Pensó que le faltaba capacidad para quedarse sin volición y perder por completo el contacto con la realidad, como hacían todos los deprimidos en los libros y en las películas. Pensó, mientras quitaba el sonido del televisor y acudía corriendo a la cocina, que estaba fracasando hasta en la mísera tarea de fracasar como es debido.»
Las correcciones Jonathan Franzen Traducción de Ramón Buenaventura